Bailando con el diablo

Estos días estoy revisando mis relatos y mis pequeños escritos para corregir alguna que otra falta gramatical y pulirlos un poco. Mi intención es ir recopilando cosas para publicarlos de un modo más serio, algo que no sé si llegaré a hacer algún día pero tampoco es un trabajo que me moleste mucho.

Durante ese repaso me he encontrado con esto…, tiene ya dos años pero me sigue gustando tanto como entonces y me parece mentira que yo pudiera escribir algo así. Sea como fuere, al leerlo me vino a la cabeza esta canción, estoy muy musical de un tiempo a esta parte =P y, aunque no he encontrado el vídeo por el cual la conocí, espero que os guste…

Breaking Benjamin – Dance with the devil

Here I stand, helpless and left for dead.

Close your eyes, so many days go by.
Easy to find what’s wrong, harder to find what’s right.

I believe in you, I can show you that I can see right through all your empty lies.

I won’t stay long, in this world so wrong.

[Chorus:]
Say goodbye, as we dance with the devil tonight.
Don’t you dare look at him in the eye, as we dance with the devil tonight?

Trembling, crawling across my skin.
Feeling your cold dead eyes, stealing the life of mine.

I believe in you, I can show you that I can see right through all your empty lies.

I won’t last long, in this world so wrong.

[Chorus]

Hold on. Hold on.

[Chorus]

Hold on. Hold on.

Goodbye

Info del grupo: aquí en español, aquí en inglés y su web oficial ;D

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Tu mano

Tu mano, curtida, capaz de coger un pico y una pala para cavar la tierra.
Tu mano, trabajada, con un roce orada en mi corazón.
Tu mano, masculina, tan tierna como para cogerme con presión, con dulzura.
Tu mano, resistente, me envuelve en su fortaleza y es capaz de darme seguridad en su abrazo.
Tu mano, recia, se extiende, busca, acaricia cada pedazo de mi piel, de mi ser con suavidad.
Tu mano, fría al tacto, cercana y caliente en la pasión.
Tu mano, firme, me atrae, me estrecha, me oprime contra ti, en un abrazo cálido del que no quisiera salir.
Tu mano, segura, me recorre entera, sabiendo dónde llegar, qué hacer en cada momento.
Tu mano, viril, me busca y me encuentra, me llama y me reclama con cada toque.
Tu mano, inquisitiva, con la que me pierdo al encontrarme.
Tu mano, lejana en el día, cercana en la noche.
Tu mano, mi guía, empujándome al cielo mientras desciendo a los infiernos…, con la que bajo al infierno mientras subo al cielo.
Tu mano, un roce, un instante en el tiempo, un momento para el mundo, un segundo para el universo, una eternidad para nosotros.
Tu mano, aquel día, una caricia…
Tu caricia
No existe nada más interesante que la conversación de dos amantes que permanecen callados
Achile Tournier

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Postdata sobre "Ataduras"

Quiero pensar que los amantes de mi relato no dejan sus vidas tan aburridas y desgraciadas porque quieren demasiado a esas parejas aún en la rutina tediosa y a veces dolorosa. Sin embargo, no puedo evitar tener otras sensaciones…; la de que se agarran a esa relación en la sombra porque es el único aliciente que les queda en sus vidas llenas de costumbres y compromisos. Es su modo de evasión, de ser ellos mismos sin tener que llevar la máscara que a veces tenemos que lucir en nuestra vida… La de que no toman la decisión de romper por no hacer sufrir a las personas que configuran su vida presente, sus familiares, sus amigos, ¿podrían entender la situación?… La de que tienen miedo a que si cambian esa relación, la misma pueda desembocar también en tedio, eso que ya tienen, que al formalizarla se rompa la magia que hay en ella y entonces todo estaría perdido… O la de que tienen miedo a que todo salga bien y en verdad estén hechos el uno para el otro, tal vez tienen MIEDO A SER FELICES…

¿Por qué nos asusta tanto la felicidad cuando se supone que es lo que todos buscamos? ¿Por qué nos atamos a costumbres, rutinas, compañías que no nos llenan cuando sabemos que lo mejor sería romper con ellas? El cariño a los demás es importante pero, para poder darlo con consecuencia, hay que quererse primero uno a uno mismo, con todas las miserias, virtudes, deseos y frustaciones de nuestra persona. Tal vez por eso no seamos capaces de romper esas ataduras, porque no aceptamos que tenemos que sufrir para ser felices…

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Ataduras

Le vio llegar mientras le esperaba sentada en un banco del parque al lado de su casa. Estaba cogiendo el móvil para darle el toque protocolario que le avisaba de que estaba próximo a verla, cercano a sus brazos. Se levantó y le hizo un gesto con el brazo antes de que él marcara el número. Él sonrió al verla y apresuró el paso…, quería abrazarla cuanto antes, había sido un día duro.

– ¿Qué haces aquí con el frío que hace?, – dijo él mientras abría los brazos para acogerla entre ellos. Sin embargo, el abrazo fue frío, por eso él la apartó ligeramente de su refugio y, mirándole a los ojos le preguntó:

– ¿Pasa algo? Pareces nerviosa…, ¿alguna discusión con tus padres? ¿El jefe te ha hecho modificar algo? ¿Has discutido con…?

– No, no, nada de eso. – le contestó ella. – Eso sólo que…, bueno, tengo que preguntarte algo.

– ¿Y tan grave es? – le urgió él. Tenían el acuerdo tácito de que, en cuanto alguno de los dos notara que la relación se cargaba o era demasiado molesta e interfería en su vida cotidiana o simplemente ya no era feliz, debía decírselo al otro para replantear los términos o incluso terminarla. Sólo de pensarlo se le encogió el corazón.

– No, supongo que no. Bueno, no sé, – dudó; – sabes que nunca te he preguntado según qué cosas porque no me parecía adecuado pero es algo que necesito saber.

– Me estás asustando…, – le interrumpió.

– Si en el fondo es algo que siento como verdadero, tal vez sólo necesite oírlo para hacerlo más real. Me estaba preguntado si, bueno, ¿si serías capaz de dejarle por mí? No te lo voy a pedir ni nada, simplemente me pregunto si alguna vez te lo has planteado.

La miró y no pudo evitar enamorarse otro poco más de ella. Sus ojos seguían siendo claros, limpios, aun con esa incertidumbre, esa leve tristeza, parecían dos puntos de luz, dos remansos de paz en los que perderse y alejarse de las preocupaciones del día. Su cara seguía siendo igual de sincera, su media sonrisa le volvía loco, su risa, abierta, espontánea, que salía de esa boca que le esperaba siempre y nunca parecía saciarse. Sus manos, pequeñas, tiernas, casi infantiles. Y su cuerpo…, esa menuda calidez que le tenía hechizado… ¡¿Cómo no iba a quererla?! Sin embargo…

– Uhm…, – respondió él. – Sabes que no suelo pensar mucho en según qué cosas porque hay circunstancias que no se pueden cambiar. Sé que no es la respuesta que esperabas pero creo que pueda darte otra. Ya sé que tú sí lo harías pero…

– Vale, no pasa nada, lo entiendo, – le cortó ella. Le conocía demasiado bien y no se sentía mal del todo, sabía que ante según qué sentimientos, le era más fácil poner la máscara de chico impulsivo. Aún así, sí había una leve decepción…, parecía que él había cambiado tanto en los últimos meses…

Sin decir más, se cogieron de la mano y salieron del parque camino del apartamento. En él habían vivido momentos tristes, alegres, tiernos, apasionados, era su fuerte de salvación, sin embargo, ese día se les antojó un poco más frío que de costumbre. “Tal vez un poco de café viniera bien, al menos para calmar la situación”, pensó él, así que se encaminó hacia la cocina, mientras ella recogía los abrigos.

– El café está listo, – dijo él mientras se acercaba al pequeño salón portando una bandeja con la cafetera, las tazas, el azúcar y la leche.

Y ahí se quedaron, la bandeja con la cafetera humeante con café recién hecho, las tazas, el azúcar y la leche fría, pues a ella le gustaba el café templado. Ahí se quedaron oyendo, respirando, viviendo, sintiendo cómo esa joven pareja oía, respiraba, vivía, sentía cada uno en sí mismo y cada uno a través del otro. Fue una tarde especial, ninguno de los dos había sentido tanta pasión, tanta ternura, tanta entregada concentrada en una sola tarde. No podían recordar cuándo había sido la última vez así, si es que alguna vez había habido alguna de ese modo.

Al final del día, próxima la hora de partir, recogieron las cosas, se lamentaron por el café desperdiciado y fregaron la cafetera entre los dos, “tú lavas, yo seco”. Siempre así, siempre los dos, al menos en ese pequeño apartamento.

Ella le acompañó al coche, también era rutina en esos encuentros. Por el camino no dijo nada, era como si conversación previa no hubiera existido, tal vez fuera mejor, las cosas iban muy bien así, cada uno con su vida y esos momentos especiales, maravillosos, donde ambos podían ser ellos mismos sin importar nada más, donde el mundo dejaba de existir y sólo estaban ellos dos. Se había acostumbrado a ellos y no quería perderlos, así que sí, se convenció a sí misma, era mejor que no se lo hubiera planteado y ella procuraría olvidarlo también.

Un fugaz beso con la puerta del coche abierta, esperando a recibir a su dueño fue la breve despedida, como de costumbre. Ahora él bajaría la ventanilla del copiloto y le diría “hasta luego, hablamos mañana” y le lanzaría un beso, era lo que se esperaba siempre. Sin embargo, él bajó la ventanilla, le lanzó un beso pero no dijo “hasta luego”, simplemente dijo…

– SÍ.

Tras lo cual arrancó y se encaminó a su vida normal, esa con su mujer y su trabajo, esa donde no había una compañera de fatigas, donde parecía que la risa no era posible, donde todo parecían ser problemas, donde se sentía atrapado, pero donde siempre estaba la esperanza de volverla a ver, de verse querido y apreciado por lo que era, con sus virtudes y sus miserias, siempre estaba la certeza de sentirla como suya aunque no lo fuera, de notar que se lo daban y lo daba todo. Al final, siempre estaba ella…, ella y su sonrisa, la que sabía que ahora mismo iluminaría su rostro.

Le vio marcharse y al principio no fue consciente de qué significaba ese “sí” que, aún apresurado y rápido, había sonado como la única palabra en el mundo. Tardó tres segundos escasos, el tiempo necesario para que él sonriera a través del retrovisor mientras veía cómo ella se giraba y se encaminaba hacía su coche, aparcado justo detrás. “Oh madre”, pensó ella al darse cuenta de porqué había dicho ese y no pudo por menos de sonreír. Ahora ella volvería a su vida normal, con su marido y su trabajo, esa donde todo parecía tensión, ansiedad, donde todo parecía mal, donde nadie estaba contento y todo parecían telarañas, redes imposibles de cortar, esa donde siempre estaba la esperanza de volverle a ver, de verse querida y apreciada por lo que era, con sus virtudes y sus miserias, siempre estaba la certeza de sentirle como suyo aunque no lo fuera, de notar que se lo daban y lo daba todo. Al final, siempre estaba él…, él y su seriedad.

…Y hoy más que nunca.

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Bajo el volcán

Tímida, sensible, alegre y risueña, su sonrisa llenaba el corazón de gozo y entusiasmo a la vez que su risa era como música celestial en los oídos. Y es que además, tal parecía una diosa, la misma Venus encarnada, sus formas generosas, voluptuosas, insinuadas con descaro bajo la tela de lino de sus vestidos, se antojan pecado a los ojos de cualquier hombre con el que se cruzaba, algo que no pasaba desapercibido a su padre, que guardaba a su hija con un celo propio de los perros guardianes y se cuidaba de dejarla abandonar la casa sin compañía. Sin embargo no sólo era bella, además era hacendosa y ocupada en las tareas cotidianas, le encantaba cocinar y coser y ayudaba siempre que podía a las criadas de la casa ya que, si bien no eran pobres, tampoco podían presumir de ser ricos y en las ocasiones en las que había más invitados de los normales, todas las manos eran necesarias a la hora de preparar los salones para la recepción.

Era esa razón, la falta de algo más de dinero, y no otra, la que había impedido al padre casar a la hija como ella merecier. Y, por eso, a sus 20 años seguía bajo el techo paterno, algo que, si bien no era habitual, en su caso no parecía importarle. Todas sus amigas y conocidas se habían casado con jóvenes soldados, capitanes o patricios de la importante Roma mientras que ella había preferido quedarse en su amada Pompeya, recorrer sus tranquilas calles y cuidar de su padre que, tras la muerte de su madre, parecía no encontrar consuelo en nada de lo que hacía y sólo la presencia de ella, su hija, parecía mitigar el dolor del ser amado durante largos años.

Sin embargo la cosa cambió un día de primavera. Ella se diría a comprar queso, como tantos otros días. Iba distraída en sus cosas…, “al llegar a casa tengo que coser el broche a la nueva capa de Padre…, que no se me olvide poner a fermentar la masa del pan…” cuando chocó contra un joven herrero que se encontraba colocando herraduras en los bajos de su casa-negocio. No se dijeron nada, no hizo falta, sólo sus ojos hablaron…, cualquier persona observadora que pasase por allí en ese momento habría visto en ellos reconocimiento, entendimiento, esa llama que se enciende previa al fuego más abrasador.

Ella continúo su camino, él siguió atendiendo el negocio pues el primer cliente del día esperaba en la acera y ninguno de los dos pareció acordarse del otro hasta que, días después, casualidad o destino, sus caminos se volvieron a cruzar camino del circo. No era ella muy dada a ese tipo de espectáculos pero, sabiendo que su padre los adoraba y que necesitaba salir de su encierro, decidió que aquel domingo de finales de mayo sería un buen día para hacer algo diferente.

No le vió hasta notar que unos ojos la miraban de manera penetrante. No es que no estuviera acostumbrada, era habitual que los hombres la miraran fijamente, era que aquella mirada no era como las otras, en ella podía adivinar el deseo y la lujuria de siempre pero también había algo más, ¿ternura, afán de protección? Siguió con sus ojos la posible dirección de esa nueva sensación y le encontró. Se escondía tras unos ojos verdes, penetrantes, que destacaban sobre su cara morena, enmarcada ésta por un pelo castaño y ensortijado. No era alto pero sus músculos eran fuertes y su cuerpo estaba moldeado a causa del duro trabajo de herrero. No era guapo, tampoco feo, tenía algo, sus ojos, cadencia al andar, su manera de moverse invitaba a no dejar de mirarlo.

Así transcurrió la fiesta, entre miradas y guiños y, tras llevar a su padre a casa, se excusó diciendo que había olvidado recoger un encargo en casa de una vecina. Al salir no tuvo mucho que buscar pues él la esperaba en la esquina de la siguiente casa y así sucedería durante los siguientes meses. El padre, durante ese tiempo, calló por comprender que él no era quién para impedir a su hija vivir y, si bien no aprobaba la actitud de la joven al no revelarle en qué consistían sus continuas salidas, comprendía que el amor no se puede frenar y menos a esas edades pues él mismo había caído en las garras de un romance que a ojos vista de la sociedad no podía salir bien, sin embargo así había sido y fruto de ese cariño y respeto tenía en su casa el premio más grande con el que se puede legitimar la pasión, su hija.

En esos encuentros hablaban, se contaban el uno al otro sus días, se conocían y paso a paso ese conocimiento y esas ganas de hablar dirieron lugar a las primeras caricias, a los primeros abrazos y a los primeros besos, tímidos primero, más atrevidos después, ardientes y llenos de deseo en el final. Sin embargo, se respetaban y, aunque sus cuerpos deseaban más acercamiento, ninguno de los dos se lo propuso al otro, hasta ese día…

Durante los días previos, había habido temblores y la tierra rugía con un sonido que parecía rasgar sus entrañas. Nadie, ni los más expertos ni tan siquiera los sacerdotes del templo, parecía entender lo que pasaba, pero de pronto el monte pareció explotar y de su cumbre comenzaron a salir vapores y piedras rojas que al caer a tierra quemaban todo a su paso. El Vesubio escupía fuego y parecía que las llamas del infierno estuvieran invadiendo la tierra.

La hija buscó al padre y lo halló en el cementerio, frente a la sepultura de su mujer:

– Padre, hemos de irnos, hay un barco esperándonos en el puerto.

– No hija, yo no voy, es demasiado tarde para mí. Mi vida está aquí en Pompeya, al lado de tu madre, no puedo abandonarla ahora. No querida niña, busca a tu hombre y vé con él, ponéos a salvo y cuidaos el uno al otro y haced que me sienta orgulloso de vosotros allá donde me corresponda ir.

– Pero padre, ¿cómo sabéis…?

– Ay, hija de mis entrañas, un padre lo sabe todo y ese ardor en tus mejillas, ese brillo en los ojos lo conozco bien, era el mismo que tu madre tenía al verme. Además de que no soy ciego niña, y en el circo no sólo hubo espectación en la arena…

– Padre, yo no quería molestaros…, pero no sabía cómo habríais de tomar la noticia.

– Pues ya ves que bien. Ahora vé, busca a tu amor, que yo me quedo con el mío.

Corrió por las calles de Pompeya, esquivando las piedras que caían del cielo. El aire se había vuelto denso, el polvo se acumulaba sobre los edificios y las personas y todo el mundo parecía haberse vuelto gris de repente. Le encontró ante la puerta de su casa, la llamaba desesperadamente y sus puños estaban rojos de sangre por habérselos dañado de tanto golpear la puerta.

– Pensé que te había perdido, que te habías ido sin mí.

– ¡Como podría, amor mío! Jamás te abandonaría. Vayamos al puerto a coger el barco.

Una sombra se cruza por la cara de él mientras la mira:

– Se han ido todos y los que quedan están demasiado destrozados y dañados como para poder navegar. Creo que no podremos salir de aquí.

Ella no se lo piensa, abre la puerta de su casa, le toma de la mano y con cuidado le hace pasar hasta llevarle a sus aposentos. Muy seria, se apoya en la cama y le dice:

– Pues si este es mi último día quiero que al menos lo vivamos como marido y mujer.

Dicho eso, abre los prendedores de su vestido, que cae lentamente al suelo. Él la mira, no puede creer lo que están viendo sus ojos, es como un sueño hecho realidad. Se acerca a ella, le acaricia, cuidadosamente, con tranquilidad recorre el cuerpo de la mujer amada y tantas veces deseada, es toda suya. Se desviste y con la misma ternura con la que trataría la pieza de cerámica más delicada la tumba sobre las sábanas. Aún no se cree que esa diosa de marfil se le ofrezca serena, tranquila, confiada.

Sus manos eran cálidas, dulces y su tacto producía en ella sensaciones hasta entonces desconocidas. Una mezcla de presión, cosquillas y en algunos momentos hormigue que no podía descifrar muy bien, pero le encantaba. Su cuerpo iba poco a poco calentándose, no sólo por fuera con el roce de sus cuerpos, una llama interior creía y parecía que la iba a abrasar…, “¿sentirá él lo mismo?”, pensó. Pero no tuvo que esperar mucha la respuesta. Pompeya ardía pero alguien que estuviera observando la escena no sabría decir si a causa del Vesubio o por el amor y la pasión de los dos jóvenes. “Bien puede terminarse el mundo hoy mismo,” piensan ambos mientras siguen los deseos y los dictados de sus cuerpos le dicta, porque, para ellos no hay nada ya que le importe más que el amarse el uno al otro.

Y así fue, mientras los dos amantes se quieren, se reciben el uno al otro, se aman, una lengua de lava barre las calles de Pompeya y una nube de polvo sepulta los edificios de la bella ciudad.

P.D. Aquí podéis encontrar más información si queréis saber más sobre el monte Vesubio, Pompeya y otras ciudades que sufrieron esta erupción en el año 79 d.C. y sobre los cronistas de los hechos, Plinio el joven y su tío, Plinio el viejo.

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La importancia de un nombre, el significado de un número

Era una tarde como otro cualquiera. En la ciudad comenzaba a caer una fina lluvia que, tras unos segundos, pasó a convertirse en el típico aguacero de verano, capaz de hacer del día noche y de esa noche artificial penumbra absoluta. La gente corría a refugiarse en los soportales y en los entrantes de las tiendas…, todo el mundo menos ella. Una pequeña figura seguía paseando tranquilamente por la acera, dejando que las gotas le empaparan el largo y rizado cabello, dejando que la lluvia empapase toda su ropa, desde la fina camisa de color gris, desde los pantalones vaqueros, hasta los zapatos, unas bailarinas más propias de una niña que de una mujer. Tan sólo parecía preocuparle su bolso, metido en una bolsa de plástico, lo protegía abrazándolo, sosteniéndolo cerca de su corazón.

La figura parecía deambular sin rumbo y tal vez así fuera, aunque ella sabía perfectamente qué día era, en qué ciudad estaba y hacia dónde se dirigía. Hacía siete años, a las siete de la tarde del séptimo día del séptimo mes, le había visto por última vez . Habían pasado siete años juntos, aunque, no, no era exacto decir juntos…, no, no era correcto hacerlo. Cada cual tenía su vida, su familia, su mundo, su entorno, sin embargo hacía catorce años, en esa misma ciudad, se habían conocido, casualidades de la vida, y había comenzado algo más que una mera amistad, algo más que una simple pasión, algo más que un conocimiento y respeto mutuo, algo más que amor.

Hacía catorce años había conocido a su alma gemela, así lo había sentido cuando cogió la mano que se le ofrecía tras haber resbalado con la lluvia de una tarde muy similar a la que ahora vivía. Al tomarla, su corazón ardió y comenzó a latir de una manera que no había conocido, una forma de latir que duró siete años, hasta ese día…

Durante esos siete años todo había cambiado, había sido no mejor, pero sí diferente, su manera de enfrentarse a los retos diarios, su recién estrenado marido, su nueva casa, los hijos que vinieron después. Nadie lo sabía pero todo el mundo lo notaba, ella era diferente, no mejor, tan sólo diferente. Vivía por y para él, sin embargo, en esa obsesión, todo en su vida parecía encajar y algo similar le sucedía a él con la suya. Eran completos el uno con el otro y los momentos que no podían compartir también se convertían en completos, tan sólo por el deseo de volver a encontrarse.

Sólo había una sombra que se cernía sobre ellos, un nombre. “¿Qué tiene de importante un nombre?”, se decía ella, negando la evidencia de que todo su ser se ponía a la defensiva si alguien lo pronunciaba, aun sin referirse a nadie en concreto. “Un nombre no significa nada, tan sólo se refiere a la persona que lo lleva y ella no me da miedo”, se decía. Hasta ese día…

Hace siete años, una semana antes de las siete horas del séptimo día del séptimo mes, se oyó a sí misma decir ese nombre. En ese momento su vida, todo, terminó. Aunque ella seguía viviendo, todo acabó, él se fue, arrastrado por la ira de un nombre, por la rabia de unas letras unidas en unas sílabas que, sin querer, marcaron el carácter de la persona que lo lleva.

Hace siete años, a las siete horas de la tarde del séptimo día del séptimo mes recogía sus cenizas y ella entraba en la carcel. Contaba con treinta años pero se sentía como si una losa de cien toneladas hubiera caído sobre sus hombros. “Tan sólo un nombre”, era lo único que le oían decir aquellos que durante dos años estuvieron a su lado. “Tan sólo un nombre” era lo que decía mientras abrazaba una urna, la que le contenía parte de él, la que iba en un bolso que apretaba contra su pecho, protegido con una bolsa de plástico. “Tan solo un nombre…, pero no el de ella…”

Él tenía treinta y siete, una bella mujer, unos gemelos preciosos, era brillante y atractivo, quizá demasiado. ¿Fue esa su perdición? Hay quien diría que sí, sin embargo ella sabía que no era así, había sido ese nombre, el nombre ahora maldito…

Se acercaba a su destino, la hora estaba más cercana. Al final de la calle distinguió otra figura que se protegía de lluvia bajo un enorme paraguas blanco. Tampoco parecía verse afectada por la lluvia, como le pasaba a ella. Era un poco más alta, llevaba el pelo recogido en una cola de caballo e iba vestida con una camiseta rosa y una falda larga de color azul marino. En los pies vestía unas zapatillas y, al igual que ella, portaba un bolso que sujetaba también a la altura del corazón. Al llegar a su altura, le saludó, ella respondió y, sin intercambiar más palabras, continuaron andando por la plaza situada tras ellas hasta llegar a un portal cuya puerta pareció abrirse mágicamente. Había llegado el día…

“Hoy hace siete años, eran las siete de la tarde de un siete del mes séptimo, como hoy…”, fue lo último que oyó, fueron las últimas palabras que escuchó cuando las dos mujeres que portaban dos urnas gemelas y a las que había abierto la puerta pensando que eran unas “sin techo” que venían a pedir algo de dinero o comida, sacaron sendos puñales y, con una precisión digna del médico más entrenado, se los clavaron en su corazón que dejó de latir…

Son las siete de la tarde del día siete del séptimo mes de un año terminado en siete, ellas tienen treinta y siete años y han acabado con el hombre que hace siete años a las siete de la tarde del séptimo mes acabó con la vida del hombre que ambas amaban. Ahora ese nombre, ese número, nunca más será maldito porque les había unido.

¿Qué importancia tiene un nombre? Tan sólo aquella que le queramos dar ¿Qué significado tiene un número? Tan sólo aquél que le queramos dar…

Me gusta andar bajo la lluvia por nadie nota que estoy llorando

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Beso robado

No hay beso que no sea principio de despedida; incluso el de llegada.
George Bernard Shaw

Todos los días la misma rutina, suena el despertador, corriendo a la ducha, un desayuno compuesto por un tazón de cereales con yogur líquido natural, un zumo de piña y una manzana. Luego corriendo a coger el metro y todos los días, por increíble que parezca, la misma gente en casi los mismos lugares. Rutina, rutina y más rutina en una cuidad que parece ser siempre diferente y sin embargo se conserva igual día tras día. Al menos hasta ese día…

Subió al metro en el mismo vagón donde lo hacía siempre y se colocó en la misma esquina donde lo hacía siempre, esa que parecía estar esperándola todas y cada una de las mañanas. Cogió el libro de turno de la bolsa del ordenador y procedió a abrirlo donde señalaba el marcapáginas. Sólo fue un momento, ese en el que uno levanta la vista para situarla en la línea que va a comenzar a leer, durante esos segundos le vió, sentado enfrente de ella, mirándola sin verla, medio adormilado por el madrugón. Vestía unos vaqueros y un jersey de rayas, una bandolera se cruzaba sobre su pecho. No era guapo, tampoco feo, simplemente estaba ahí, distraído, sin embargo, tenía un aire de pícara inocencia que tanto le gustaba. Volvió a su lectura y pareció olvidarse de que él estaba allí. Era una salida de la rutina, pero nada más, todos los días había alguna, no le dio importancia…, todos los días puedes cruzarte con alguien que te llama la atención pero no vuelves a ver en la vida. Al menos eso pensó ella cuando vió que él se bajaba dos estaciones antes que la suya.

Todo siguió igual hasta la semana siguiente, el mismo día, a la misma hora, en el mismo vagón, en el mismo sitio apareció él. En esa ocasión llevaba unos chinos de color marino, una camisa azul claro y una americana azul oscuro. No se había fijado pero tenía los ojos de un color verdoso que destacaba sobre el conjunto azul. En esa ocasión había cambiado la bandolera por una carpeta…, iba estudiando lo que parecía ser un dossier. Le miró un momento y pensó que era una simple coincidencia, a veces la no rutina tiene estas cosas. Eso mismo pasó todos los martes durante dos semanas más, un mes, un curso, algo pasajero, nada más.

A la semana siguiente, y de modo insconciente, subió al vagón esperando encontrarse con ese chico, pero no lo vio. “Claro, el seminario habrá terminado ya, así que vuelta a la rutina”, pensó, así que abrió su libro, uno nuevo, y se puso a leer. No obstante, había algo diferente en el ambiente esa mañana…

Levantó la vista de la página y observó a su alrededor…, todo el mundo parecía estar en el mismo lugar que siempre, “imaginaciones mías”, se dijo a sí misma, y bajo la vista. Justo en ese instante le vio, venía hacia ella, con aire resuelto, decidido. Su andar seguro y firme pese a los vaivenes del metro le sorprendió. Su semblante serio le pareció más atractivo todavía que el distraído de todas las anteriores mañanas y no pudo por menos que quedársele mirando fijamente…, no podía apartar sus ojos de él, era como un imán. No se dio cuenta, pero el libro se había resbalado de sus manos; justo antes de estrellarse contra el suelo, una mano varonil pero dulce, lo cogió en el aire. Se lo tendió mientras la miraba a los ojos, se acercaba a su oreja y le decía…

“Perdona si te llamo amor”. Acto seguido la besó y ya nada volvió a ser rutina en su vida.

Pasa el cursor sobre la imagen e ilumina tu vida ;D
P.D. La frase de él es el título de uno de los libros del escritor italiano Federico Moccia. Más información sobre el libro aquí.

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Hierba cortada

Pasó por un parque, acababan de cortar el césped y ese olor tan característico de la hierba, recién cortada y después regada le recordó algo. No fue consciente hasta ese momento de todos y cada uno de los cambios que se habían registrado en su vida durante los últimos años. Sabía por su padre que la hierba se corta no sólo para que quede bonito, si no para favorecer el crecimiento al quitar las partes más largas que suponen gasto de energía en el césped, en una palabra, para sanear. Eso era lo que ella había hecho durante esos años…

Ya fuera por instinto de supervivencia, por necesidad o por rutina, de su vida se habían “caído” personas, perdido contactos, tirado cosas y recuerdos, ya no eran necesarios. Ahora lo sabía. Lastre que no necesitaba y que poco a poco, insconcientemente, se había caído del globo que ahora se elevaba libre, ligero, con aire renovado, ebrio de emociones y vida.

No fue consciente hasta que olió ese aroma fresco, de rocío madrugador, de día recién empezado, de mañana alegre, llena de promesas. Miró por última vez a su pasado y se despidió de las personas por las que había llorado y sufrido hasta hacía escasamente una noche, saludó con la mano a los trastos viejos que habían estado criando polvo en su corazón mientras los dejaba en el contenedor para que los basureros de recuerdos se los llevaran.

Sonrió ante la idea de decir adiós a toda la nostalgia y la morriña por los que, por lo que ya no estaba ni volvería a estar…, el pasado nunca vuelve y si lo hace nunca será como fue, sabia lección aprendida. Se giró, lentamente pero segura. Era el momento.

Levantó la vista y ahí estaba él, con la mano tendida, esperándola. Había sentido su presencia antes, había querido seguirle, pero siempre había tenido miedo de acercarse, no se sentía preparada, como si tuviera una losa sobre ella que le impidiera avanzar. Ahora la piedra no existía, no había excusas que valieran, era hora de dar el paso y así lo hizo. Decidida y firme tomó su mano y emprendió el camino. Miró el futuro a los ojos y su corazón, por primera vez en mucho tiempo, sonrió y latió con fuerza, saludando a la nueva vida que se le ofrecía.

Fábula sobre los cambios y reflexión personal…

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Anhelos

Abrió los ojos y dedujo que sería media mañana por los reflejos que los rayos del sol producían a través de la persiana medio bajada de su habitación. Se estiró con cuidado tras lo cual se sentó en la cama suavemente. Abrazó las rodillas con sus brazos y apoyó la cabeza entre las mismas para finalmente dejarla entre ellas mientras la giraba hacia su izquierda. Ahí estaba él, dormido, su respiración calmada, susurrante así se lo indicaba. ¿Hacía cuánto que no se veían? ¿Uno, dos, tres meses, tal vez? El trabajo, las responsabilidades y las obligaciones de cada uno impedían que esos encuentros fueran todo lo habituales que ambos hubieran deseado y, sin embargo, cada vez que se encontraban era como si llevaran toda la vida juntos, sus movimientos, sus pensamientos, cada cosa que hacían era llevada a cabo con una coordinación tal que cualquiera hubiera supuesto que eran eso, amantes esporádicos, parecía como si estuvieran ensayando y practicando todos los días, como dos bailarines en la pista de baile, esos que llevan todo la vida juntos como pareja. Así eran ellos.

Estaba cansado, su rostro así lo reflejaba cuando llegó por sorpresa la noche anterior, así que le dejó dormir y se levantó a preparar el desayuno. Cogió su bata que se encontraba a los pies de la cama (esa mañana hacía frío) y esquivó las piezas de ropa repartidas por el suelo, ya las recogería luego. Dispuso un albornoz por si él se despertaba y se dirigió a la cocina donde comenzó a preparar el café y a tostar un par de croissants. Mientras exprimía un par de naranjas y licuaba un poco de piña, él apareció por la cocina, el pelo despeinado y con la marca de las sábanas en la cara, sólo llevaba sus slips puestos.

– ¿Por qué no me has despertado? Te habría ayudado con todo esto…, ¡qué bien huele!

– Parecías cansado anoche cuando llegaste y he preferido dejarte descansar un poco más. ¡Gracias! Espero que te apetezca un zumo recién hecho.

Desayunaron en silencio, uno frente al otro, en la pequeña mesa de la cocina. Durante todo ese rato no pararon de observarse, de mirarse, de verse, como si no lo hubieran hecho nunca, como si se acabaran de conocer, con la sensación de estar frente a un extraño pero al que parece que conoces de toda la vida. De pronto, algo nubló la vista en los ojos de ella, como un velo negro pronunció la pregunta que era inevitable, esa que ninguno deseaba hacer.

– ¿Cuándo te marchas?

– Mañana, no puedo quedarme mucho más.

Otro nuevo silencio mientras ella fregaba y él le ayudaba secando los pocos utensilios empleados en el frugal desayuno. Al terminar de recoger todo, él la tomó de la mano y la llevó directamente al dormitorio. No hicieron falta más palabras, sólo gestos, caricias, besos y abrazos entre ambos. Ninguno de los dos dijo nada a no ser aquello estrictamente necesario. Así pasaron el día, buscándose y encontrándose, perdiéndose y hallándose entre un mar de deseos y anhelos, disfrutando el uno del otro como la primera vez, como si el mundo acabara esa misma noche, como ahora, como siempre, como nunca.

A la mañana siguiente, él se despertó antes que ella, recogió sus cosas y se preparó. Antes de marcharse bajó a la calle y al subir dispuso todo para cuando ella se levantara. En la panadería había comprado un pequeño bizcocho de chocolate, su preferido. En la floristería había comprado una rosa de un morado intenso, una rareza que el dependiente le reservaba, cómplice del amor que sabía profesaba a una de sus mejores clientes. Había hecho un té al que había puesto tres cucharadas de azúcar, como a ella le gustaba y había escrito una nota en la que decía:

“Hasta la próxima vez, cuídate mucho princesa y sonríe,
cada una de tus sonrisas es un pequeño regalo que me llega con el viento.
Te anhelo y sabes que la respuesta es Sí…”

Leyó la nota mientras bebía el café y recogía las migas del bizcocho. La rosa le miraba desde el florero que él le había regalado la primera vez que uno de esos pequeños tesoros vegetales había venido de sus manos y ya eran unos cuantos, tantos como encuentros, tantos como despedidas, tantos como síes recibidos a la pregunta…

– ¿Te casarás conmigo?

Ese día más que ningún otro deseó que la respuesta se convirtiera en realidad. Ese día más que ningún otro anheló la vida que la enfermedad le estaba robando. Ese día más que ningún otro pidió porque ella muriera y él fuera libre, nunca la dejaría mientras estuviera viva, aun enferma y postrada en una cama, y eso le dolía más que no tenerle, aun sabiéndole suyo. Ese día más que ningún otro lloró por amarle y se odió por desear la muerte de alguien. Ese día deseó y anheló estar enferma…

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Dividido

Llegó a casa e hizo lo que todos los días, cerró la puerta por dentro, sólo con una vuelta, se descalzó y se puso las zapatillas de andar por casa, colgó el abrigo en el armario de la entrada, dejó el bolso en el salón y se dirigió a la habitación donde se quito la ropa y se puso el chandal. Le encantaba ese momento del día, parecía como si se quitara un disfraz, el disfraz que llevaba usando desde hace unos veinte años, muchos años parecían, si bien su rostro no lo reflejaba.

Se dirigió al baño a limpiarse la cara, desmaquillarse no era la palabra adecuada porque apenas si si llevaba un pequeño pase con los polvos sueltos, un poco de colorete en los pómulos, una sombra discreta, rimel transparente y cacao, ese era todo el maquillaje que se permitía para ir a la oficina, tampoco necesitaba mucho más, nadie podía decir que la mujer que se retiraba con un algodón los restos de pintura tenía cuarenta y dos años. Todo el mundo que la veía le echaba diez menos y eso que su vida no había sido fácil, no tanto como pudiera parecer. Poca gente lo sabía, pero llevaba una doble vida.

Pensando eso se quedó mirando su reflejo en el espejo. Por primera vez desde hacía mucho tiempo se miraba, no sólo se veía para maquillarse discretamente, peinarse su larga melena castaña, retocarse el rimel o el cacao que es lo que se suele alterar cuando una hace algo que no debe, depilarse esos pequeños pelos rebeldes en el entrecejo, teñirse esos pelos incipientes que le decían que en su mentón el tiempo estaba pasando, colocarse el cuello de la camisa y asentarse la americana de turno. Esa noche se miró y vio que los años no habían pasado en balde, aunque su cara reflejaba juventud, su cuerpo mostraba, débilmente sólo pero estaban ahí, los estragos del tiempo y la gravedad (si bien no les dejaba mucho margen, el gimnasio diario hacía maravillas), su piel seguía siendo la de una adolescente recién entrada en la treintena (las cremas también hacían maravillas), a todo ello se unía un brillo en su mirada, tan intenso que ella misma llegó a asustarse. Se preguntó desde cuando ese alegría iba con ella y encontró el momento exacto en la que apareció…

Oyó la puerta, él había llegado. Desde el otro lado del pasillo escuchó un “Hola cariño, ¡qué pronto has venido hoy!” al que respondió con un “Hoy he salido antes, ¿qué te apetece de cena?”. Era la voz de su marido, habían compartido juntos toda su vida, desde la adolescencia él había sido su compañero, su amigo, su confidente, su amante, su esposo durante los últimos quince o al menos eso pensaba él, porque desde hacía diez años ella tenía otro compañero, alguien que le daba todo lo que nunca había tenido. Fue por casualidad, como siempre suceden estas cosas, nadie lo buscó y tal vez por eso surgió. Ese día hacía diez años que, en el supermercado sus miradas se habían cruzado y, casualidades de la vida, ambos confundieron una bolsa de la compra del otro que luego tuvieron que intercambiar en el aparcamiento. Después fueron cafés, luego comidas, luego cenas y finalmente lo inevitable. Sentirse deseada en la plenitud de su vida fue algo novedoso que acogió con reparo al principio, como juego después, como necesidad al final. Sin embargo, ninguno de los dos había cambiado su vida, fue el único límite que se pusieron, el resto no se pudo frenar.

Desde hacía diez años, una nueva ilusión se había instalado en su ojos. Amaba a su marido, daría la vida por él, lo quería y seguía vibrando bajo sus caricias, sus besos, deseaba oír su voz cada vez que algo no iba bien en su vida, y, aunque las cosas a veces no fueran como debieran, él era la piedra donde hacer pie cuando las cosas se torcían y perdía el norte pero, desde hacía diez años, su pasión y la mitad de su corazón no le pertenecían, pertenecían al hombre que, sin la responsabilidad del compromiso, la trataba como a una princesa, la mimaba, la cuidaba y la deseaba como un adolescente, con él todo era fuego, imprevisible. Desde hacía diez años su corazón estaba dividido, deseo y cariño, pasión y ternura, locura y calma, amor en definitiva.

Ese día se miró al espejo y pensó que era el día de contárselo. Con esa idea se dirigió al salón donde él estaba sentado hojeando el periódico de la tarde, aquello estaba llegando muy lejos.

– Cariño, tengo algo que decirte, es importante.

– Dime querida -, respondió él, mirándola intrigado.

– No, nada, simplemente que el salmón que mariné ayer se va a echar a perder, avisa a tus padres, que vengan mañana a cenar con nosotros -, se arrepintió, no quería romper la magia, romperle el corazón.

– De acuerdo, les avisaré, díselo a los tuyos también ¿Quieres? -, la miró sorprendido ante la vanalidad de la frase.

– Vale, mi vida -, dijo ella mientras volvía sus pasos hacia la cocina.

– ¿Eso era todo?-, añadió él.

– Sí…, o bueno no, ¿mañana a la misma hora, en el mismo sitio?

– Por supuesto, princesa, por supuesto.

P.D. Supongo que os esperábais algo diferente, vaya chasco ¿eh? =P A veces las parejas necesitan poner un poco de emoción en sus vidas y qué mejor que hacerlo con aquella persona que tanto quieres, ¿no os parece? ^^U

Este relato es un pequeño homenaje a Cecilia (web oficial aquí) y una de las canciones de mi infancia que ahora es una de mis preferidas, Un ramito de violetas (en este link podéis encontrar la letra).

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