Bajo el volcán

Tímida, sensible, alegre y risueña, su sonrisa llenaba el corazón de gozo y entusiasmo a la vez que su risa era como música celestial en los oídos. Y es que además, tal parecía una diosa, la misma Venus encarnada, sus formas generosas, voluptuosas, insinuadas con descaro bajo la tela de lino de sus vestidos, se antojan pecado a los ojos de cualquier hombre con el que se cruzaba, algo que no pasaba desapercibido a su padre, que guardaba a su hija con un celo propio de los perros guardianes y se cuidaba de dejarla abandonar la casa sin compañía. Sin embargo no sólo era bella, además era hacendosa y ocupada en las tareas cotidianas, le encantaba cocinar y coser y ayudaba siempre que podía a las criadas de la casa ya que, si bien no eran pobres, tampoco podían presumir de ser ricos y en las ocasiones en las que había más invitados de los normales, todas las manos eran necesarias a la hora de preparar los salones para la recepción.

Era esa razón, la falta de algo más de dinero, y no otra, la que había impedido al padre casar a la hija como ella merecier. Y, por eso, a sus 20 años seguía bajo el techo paterno, algo que, si bien no era habitual, en su caso no parecía importarle. Todas sus amigas y conocidas se habían casado con jóvenes soldados, capitanes o patricios de la importante Roma mientras que ella había preferido quedarse en su amada Pompeya, recorrer sus tranquilas calles y cuidar de su padre que, tras la muerte de su madre, parecía no encontrar consuelo en nada de lo que hacía y sólo la presencia de ella, su hija, parecía mitigar el dolor del ser amado durante largos años.

Sin embargo la cosa cambió un día de primavera. Ella se diría a comprar queso, como tantos otros días. Iba distraída en sus cosas…, “al llegar a casa tengo que coser el broche a la nueva capa de Padre…, que no se me olvide poner a fermentar la masa del pan…” cuando chocó contra un joven herrero que se encontraba colocando herraduras en los bajos de su casa-negocio. No se dijeron nada, no hizo falta, sólo sus ojos hablaron…, cualquier persona observadora que pasase por allí en ese momento habría visto en ellos reconocimiento, entendimiento, esa llama que se enciende previa al fuego más abrasador.

Ella continúo su camino, él siguió atendiendo el negocio pues el primer cliente del día esperaba en la acera y ninguno de los dos pareció acordarse del otro hasta que, días después, casualidad o destino, sus caminos se volvieron a cruzar camino del circo. No era ella muy dada a ese tipo de espectáculos pero, sabiendo que su padre los adoraba y que necesitaba salir de su encierro, decidió que aquel domingo de finales de mayo sería un buen día para hacer algo diferente.

No le vió hasta notar que unos ojos la miraban de manera penetrante. No es que no estuviera acostumbrada, era habitual que los hombres la miraran fijamente, era que aquella mirada no era como las otras, en ella podía adivinar el deseo y la lujuria de siempre pero también había algo más, ¿ternura, afán de protección? Siguió con sus ojos la posible dirección de esa nueva sensación y le encontró. Se escondía tras unos ojos verdes, penetrantes, que destacaban sobre su cara morena, enmarcada ésta por un pelo castaño y ensortijado. No era alto pero sus músculos eran fuertes y su cuerpo estaba moldeado a causa del duro trabajo de herrero. No era guapo, tampoco feo, tenía algo, sus ojos, cadencia al andar, su manera de moverse invitaba a no dejar de mirarlo.

Así transcurrió la fiesta, entre miradas y guiños y, tras llevar a su padre a casa, se excusó diciendo que había olvidado recoger un encargo en casa de una vecina. Al salir no tuvo mucho que buscar pues él la esperaba en la esquina de la siguiente casa y así sucedería durante los siguientes meses. El padre, durante ese tiempo, calló por comprender que él no era quién para impedir a su hija vivir y, si bien no aprobaba la actitud de la joven al no revelarle en qué consistían sus continuas salidas, comprendía que el amor no se puede frenar y menos a esas edades pues él mismo había caído en las garras de un romance que a ojos vista de la sociedad no podía salir bien, sin embargo así había sido y fruto de ese cariño y respeto tenía en su casa el premio más grande con el que se puede legitimar la pasión, su hija.

En esos encuentros hablaban, se contaban el uno al otro sus días, se conocían y paso a paso ese conocimiento y esas ganas de hablar dirieron lugar a las primeras caricias, a los primeros abrazos y a los primeros besos, tímidos primero, más atrevidos después, ardientes y llenos de deseo en el final. Sin embargo, se respetaban y, aunque sus cuerpos deseaban más acercamiento, ninguno de los dos se lo propuso al otro, hasta ese día…

Durante los días previos, había habido temblores y la tierra rugía con un sonido que parecía rasgar sus entrañas. Nadie, ni los más expertos ni tan siquiera los sacerdotes del templo, parecía entender lo que pasaba, pero de pronto el monte pareció explotar y de su cumbre comenzaron a salir vapores y piedras rojas que al caer a tierra quemaban todo a su paso. El Vesubio escupía fuego y parecía que las llamas del infierno estuvieran invadiendo la tierra.

La hija buscó al padre y lo halló en el cementerio, frente a la sepultura de su mujer:

– Padre, hemos de irnos, hay un barco esperándonos en el puerto.

– No hija, yo no voy, es demasiado tarde para mí. Mi vida está aquí en Pompeya, al lado de tu madre, no puedo abandonarla ahora. No querida niña, busca a tu hombre y vé con él, ponéos a salvo y cuidaos el uno al otro y haced que me sienta orgulloso de vosotros allá donde me corresponda ir.

– Pero padre, ¿cómo sabéis…?

– Ay, hija de mis entrañas, un padre lo sabe todo y ese ardor en tus mejillas, ese brillo en los ojos lo conozco bien, era el mismo que tu madre tenía al verme. Además de que no soy ciego niña, y en el circo no sólo hubo espectación en la arena…

– Padre, yo no quería molestaros…, pero no sabía cómo habríais de tomar la noticia.

– Pues ya ves que bien. Ahora vé, busca a tu amor, que yo me quedo con el mío.

Corrió por las calles de Pompeya, esquivando las piedras que caían del cielo. El aire se había vuelto denso, el polvo se acumulaba sobre los edificios y las personas y todo el mundo parecía haberse vuelto gris de repente. Le encontró ante la puerta de su casa, la llamaba desesperadamente y sus puños estaban rojos de sangre por habérselos dañado de tanto golpear la puerta.

– Pensé que te había perdido, que te habías ido sin mí.

– ¡Como podría, amor mío! Jamás te abandonaría. Vayamos al puerto a coger el barco.

Una sombra se cruza por la cara de él mientras la mira:

– Se han ido todos y los que quedan están demasiado destrozados y dañados como para poder navegar. Creo que no podremos salir de aquí.

Ella no se lo piensa, abre la puerta de su casa, le toma de la mano y con cuidado le hace pasar hasta llevarle a sus aposentos. Muy seria, se apoya en la cama y le dice:

– Pues si este es mi último día quiero que al menos lo vivamos como marido y mujer.

Dicho eso, abre los prendedores de su vestido, que cae lentamente al suelo. Él la mira, no puede creer lo que están viendo sus ojos, es como un sueño hecho realidad. Se acerca a ella, le acaricia, cuidadosamente, con tranquilidad recorre el cuerpo de la mujer amada y tantas veces deseada, es toda suya. Se desviste y con la misma ternura con la que trataría la pieza de cerámica más delicada la tumba sobre las sábanas. Aún no se cree que esa diosa de marfil se le ofrezca serena, tranquila, confiada.

Sus manos eran cálidas, dulces y su tacto producía en ella sensaciones hasta entonces desconocidas. Una mezcla de presión, cosquillas y en algunos momentos hormigue que no podía descifrar muy bien, pero le encantaba. Su cuerpo iba poco a poco calentándose, no sólo por fuera con el roce de sus cuerpos, una llama interior creía y parecía que la iba a abrasar…, “¿sentirá él lo mismo?”, pensó. Pero no tuvo que esperar mucha la respuesta. Pompeya ardía pero alguien que estuviera observando la escena no sabría decir si a causa del Vesubio o por el amor y la pasión de los dos jóvenes. “Bien puede terminarse el mundo hoy mismo,” piensan ambos mientras siguen los deseos y los dictados de sus cuerpos le dicta, porque, para ellos no hay nada ya que le importe más que el amarse el uno al otro.

Y así fue, mientras los dos amantes se quieren, se reciben el uno al otro, se aman, una lengua de lava barre las calles de Pompeya y una nube de polvo sepulta los edificios de la bella ciudad.

P.D. Aquí podéis encontrar más información si queréis saber más sobre el monte Vesubio, Pompeya y otras ciudades que sufrieron esta erupción en el año 79 d.C. y sobre los cronistas de los hechos, Plinio el joven y su tío, Plinio el viejo.

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4 comentarios (+¿añadir los tuyos?)

  1. Maeglin
    Nov 10, 2008 @ 10:41:00

    Muy buena historia. Cuando estuve en Pompeya hace ya algunos años no paré de sorprenderme al encontrar partes tan actuales del mundo como los bien señalizados Lupanares (prostibulos), los “kebabs” de la época donde comprar su suculento pan de olivas y escritos en sus muros la propaganda electoral de la Pax romana. Un viaje más que recomendable a poco que te guste la Historia.

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  2. Isa-chan
    Nov 10, 2008 @ 10:49:00

    Yo no he estado y la verdad que me encantaría ir, me parece muy interesane la historia y el entorno. La profesión tira y así colmaría mi curiosidad geológica y mi amor por la historia.De momento me conformaré con los muchos reportajes que hay sobre la ciudad.

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  3. Patata Piloto
    Nov 10, 2008 @ 22:22:00

    Aiiiiiins. Qué bonito y pasional. A Pompeya fue una amiga, y croe que es impresionante. Muy buen relato y muy buena atmósfera. ;)Creo que es uno de los episodios de la Historia que más me ha impactado siempre.

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  4. Isa-chan
    Nov 10, 2008 @ 22:46:00

    Gracias por los halagos. A mí me encantaría poder ir porque me parece una ciudad apasionante y lo que en ella se vivió tuvo que ser una mezcla entre terrorífico y hermoso. Nada, habrá que planear el viaje ;D

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