Dividido

Llegó a casa e hizo lo que todos los días, cerró la puerta por dentro, sólo con una vuelta, se descalzó y se puso las zapatillas de andar por casa, colgó el abrigo en el armario de la entrada, dejó el bolso en el salón y se dirigió a la habitación donde se quito la ropa y se puso el chandal. Le encantaba ese momento del día, parecía como si se quitara un disfraz, el disfraz que llevaba usando desde hace unos veinte años, muchos años parecían, si bien su rostro no lo reflejaba.

Se dirigió al baño a limpiarse la cara, desmaquillarse no era la palabra adecuada porque apenas si si llevaba un pequeño pase con los polvos sueltos, un poco de colorete en los pómulos, una sombra discreta, rimel transparente y cacao, ese era todo el maquillaje que se permitía para ir a la oficina, tampoco necesitaba mucho más, nadie podía decir que la mujer que se retiraba con un algodón los restos de pintura tenía cuarenta y dos años. Todo el mundo que la veía le echaba diez menos y eso que su vida no había sido fácil, no tanto como pudiera parecer. Poca gente lo sabía, pero llevaba una doble vida.

Pensando eso se quedó mirando su reflejo en el espejo. Por primera vez desde hacía mucho tiempo se miraba, no sólo se veía para maquillarse discretamente, peinarse su larga melena castaña, retocarse el rimel o el cacao que es lo que se suele alterar cuando una hace algo que no debe, depilarse esos pequeños pelos rebeldes en el entrecejo, teñirse esos pelos incipientes que le decían que en su mentón el tiempo estaba pasando, colocarse el cuello de la camisa y asentarse la americana de turno. Esa noche se miró y vio que los años no habían pasado en balde, aunque su cara reflejaba juventud, su cuerpo mostraba, débilmente sólo pero estaban ahí, los estragos del tiempo y la gravedad (si bien no les dejaba mucho margen, el gimnasio diario hacía maravillas), su piel seguía siendo la de una adolescente recién entrada en la treintena (las cremas también hacían maravillas), a todo ello se unía un brillo en su mirada, tan intenso que ella misma llegó a asustarse. Se preguntó desde cuando ese alegría iba con ella y encontró el momento exacto en la que apareció…

Oyó la puerta, él había llegado. Desde el otro lado del pasillo escuchó un “Hola cariño, ¡qué pronto has venido hoy!” al que respondió con un “Hoy he salido antes, ¿qué te apetece de cena?”. Era la voz de su marido, habían compartido juntos toda su vida, desde la adolescencia él había sido su compañero, su amigo, su confidente, su amante, su esposo durante los últimos quince o al menos eso pensaba él, porque desde hacía diez años ella tenía otro compañero, alguien que le daba todo lo que nunca había tenido. Fue por casualidad, como siempre suceden estas cosas, nadie lo buscó y tal vez por eso surgió. Ese día hacía diez años que, en el supermercado sus miradas se habían cruzado y, casualidades de la vida, ambos confundieron una bolsa de la compra del otro que luego tuvieron que intercambiar en el aparcamiento. Después fueron cafés, luego comidas, luego cenas y finalmente lo inevitable. Sentirse deseada en la plenitud de su vida fue algo novedoso que acogió con reparo al principio, como juego después, como necesidad al final. Sin embargo, ninguno de los dos había cambiado su vida, fue el único límite que se pusieron, el resto no se pudo frenar.

Desde hacía diez años, una nueva ilusión se había instalado en su ojos. Amaba a su marido, daría la vida por él, lo quería y seguía vibrando bajo sus caricias, sus besos, deseaba oír su voz cada vez que algo no iba bien en su vida, y, aunque las cosas a veces no fueran como debieran, él era la piedra donde hacer pie cuando las cosas se torcían y perdía el norte pero, desde hacía diez años, su pasión y la mitad de su corazón no le pertenecían, pertenecían al hombre que, sin la responsabilidad del compromiso, la trataba como a una princesa, la mimaba, la cuidaba y la deseaba como un adolescente, con él todo era fuego, imprevisible. Desde hacía diez años su corazón estaba dividido, deseo y cariño, pasión y ternura, locura y calma, amor en definitiva.

Ese día se miró al espejo y pensó que era el día de contárselo. Con esa idea se dirigió al salón donde él estaba sentado hojeando el periódico de la tarde, aquello estaba llegando muy lejos.

– Cariño, tengo algo que decirte, es importante.

– Dime querida -, respondió él, mirándola intrigado.

– No, nada, simplemente que el salmón que mariné ayer se va a echar a perder, avisa a tus padres, que vengan mañana a cenar con nosotros -, se arrepintió, no quería romper la magia, romperle el corazón.

– De acuerdo, les avisaré, díselo a los tuyos también ¿Quieres? -, la miró sorprendido ante la vanalidad de la frase.

– Vale, mi vida -, dijo ella mientras volvía sus pasos hacia la cocina.

– ¿Eso era todo?-, añadió él.

– Sí…, o bueno no, ¿mañana a la misma hora, en el mismo sitio?

– Por supuesto, princesa, por supuesto.

P.D. Supongo que os esperábais algo diferente, vaya chasco ¿eh? =P A veces las parejas necesitan poner un poco de emoción en sus vidas y qué mejor que hacerlo con aquella persona que tanto quieres, ¿no os parece? ^^U

Este relato es un pequeño homenaje a Cecilia (web oficial aquí) y una de las canciones de mi infancia que ahora es una de mis preferidas, Un ramito de violetas (en este link podéis encontrar la letra).

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1 comentario (+¿añadir los tuyos?)

  1. PatataPiloto
    Oct 17, 2007 @ 21:47:00

    Aiiins, qué bonitooooo… 😀 Sí, es como la canción de Cecilia “Era feliz en su matrimonioooo..” :DAhora léete esto y flipa conmigo:http://www.elperiodico.com/default.asp?idpublicacio_PK=46&idioma=CAS&idnoticia_PK=450591&idseccio_PK=1021&h=

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