El acantilado

Todos los días desde que él fue hacía el mismo camino, subía la colina que llevaba al acantilado donde miraba, observaba los barcos salir, entrar, descargar su mercancía. Como todos los días miró hacia el horizonte esperando ver las velas del barco tan deseado pero en el fondo de su corazón sabía que eso no sucedería nunca. Las noticias habían llegado a los dos días de la salida de puerto, una gran tormenta había sorprendido a los barcos faenando en alta mar y el barco más perjudicado fue el de su esposo, los otros barcos después de salvarse y resguardarse como pudieron buscaron los restos del naufragio, encendieron sus luces, gritando y llamaron en busca de supervivientes pero no encontraron nada más que restos del casco, maromas, redes, todo desperdigado en el inmenso océano azul. No se encontraron cuerpos, tampoco supervivientes y con esas noticias regresaron a casa, con la pena de los compañeros perdidos y la responsabilidad de sacar adelante a las viudas, huérfanos, a las madres, las esposas, las abuelas de esos hombres valerosos.

Desde la parte baja de la colina una madre miraba cómo todos los días su hija subía al mismo sitio y se quedaba quieta, vigilando el puerto, daba igual el viento, la lluvia, el frío que comenzaba a apretar por la pronta llegada del invierno. Y esa madre lloraba, lloraba las lágrimas que su hija no derramó ni era capaz de derramar, lloraba de rabia y de dolor, rabia por no poder ayudar, dolor porque en el mismo día perdió a un hijo en la mar y a una hija en tierra. Sufría en silencio, como todas las madres lo hacen y no se permitía hacerlo con su hija delante, aunque recordaba cómo ella, a una edad similar, perdió a su marido en similares circunstancias… “la vida de las mujeres de los hombres de mar es así hija mía”, le había dicho su madre, pero ella no fue capaz de hacerlo y ahora pensaba si no sería mejor haberlo hecho. Pero ya era tarde, lo sabía, la decisión estaba tomada y aquél era el día, todo su cuerpo lo sentía, todas las fibras de sus viejos músculos lo notaban, su corazón gemía de angustia…

Sabía que estaba allí, mirándola, como todos y cada uno de los días desde que él se fue, como todos y cada uno de los días en los que ella había subido hasta ahí arriba y también sabía que ella intuía lo que iba a suceder. Ya no podía más, el recuerdo era demasiado doloroso, demasiado angustioso, era tan agudo el dolor, tan intenso, que no le había permitido llorar. La pérdida le había dejado tan vacía que ni tan siquiera había sido capaz de comer, de alimentarse ni mucho menos alimentar el único recuerdo que él le había dejado. Con él lo perdió todo, su última esperanza se fue cuando el médico, preocupado y no sólo por su salud física, le dijo… “lo has perdido y si sigues así acabarás contigo también”, pero ya era tarde, la culpabilidad era tan grande que el mal ya se había hecho mella en ella, tan fuerte como se creía, bastaron dos segundos para que su mundo se derrumbara y ahora no había ni un sólo pedazo de cimiento donde el que apoyarse.

La noche anterior se había retirado a su habitación. Dijo que iba a dormir pero no lo hizo, se pasó toda la velada ordenando sus cosas, colocando sus pocas pertenencias, escribiendo una nota para su madre aunque sabía que entre ambas sobraban las palabras, pero lo hizo por ella, por él, era lo único que podía hacer. Ese día desayunó poco, como de costumbre, ayudó a su madre en las tareas de la casa, se dirigió a la compra, la colocó a su vuelta, cogió el chal y se dirigió al acantilado. Pero ese día, aun en su rutina, era diferente al resto…

Se giró, miró a su madre y le dijo “te quiero, gracias por intentar ayudarme, no te sientas culpable, nadie tiene la culpa, ni tan siquiera el mar”. Acto seguido se acercó al acantilado y se dejó caer. Sólo entonces fue capaz de llorar, el dolor que sentía desapareció dejando una sensación de bienestar y, según se acercaba al agua le pareció ver cómo los brazos de su amado se abrían para recogerla, para acogerla en un enorme, profundo y cálido abrazo que la sumió en una felicidad como nunca había experimentado jamás.

La vio girarse, mirarla, decirle que la quería, que ella no tenía la culpa, que nadie la tenía, ni tan siquiera el mar, la vio caer al vacío pero en su corazón sólo pudo dar las gracias porque sabía que su hija por fin era feliz, había encontrado su camino aunque nadie lograría entenderlo pero ella, su madre sí lo hacía porque hacía 25 años ella había sentido lo mismo, había sufrido lo mismo y, si no hubiera sido por ella, jamás lo habría logrado, era su último gesto de generosidad hacia una hija que le había dado la vida y que merecía seguir su camino. Era el último gesto de amor que una madre podía ofrecer a sus hijos, darles la libertad de elegir su propio destino.

James Blunt – Goodbye my lover

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2 comentarios (+¿añadir los tuyos?)

  1. PatataPiloto
    Oct 10, 2007 @ 22:06:00

    Como escarpias!!! Madre mía, ufff. En su inicio me hacía recordar la canción que ya te dije una vez de “Candle on the water” o la de “Nana de lluvia” . Cualquiera de las dos me venían a la mente… Ains… Qué guapa y a la vez qué injusta es la mar… Sniiif.

    Responder

  2. Isa-chan
    Oct 10, 2007 @ 22:14:00

    Pues sí, quiere ser un pequeño homenaje a esas grandes mujeres de esos no menos grandes hombres que todos los días se enfrentar al mar para ganarse la vida. Me alegro de que te haya gustado, yo he llorado escribiéndolo pero es que llevo unos días un tanto floja, la edad que pesa…, ¿o son las hormonas? =P

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