Revenge

Llovía. Todo estaba a oscuras, la calle sólo se iluminaba cuando algún rayo caía en la lejanía, tras lo cual seguía un silencio que terminaba con un estruendo tal que parecía fuese a derribar los ya maltrechos edificios. Ella permanecía de pie, la lluvia, que caía con fuerza, no parecía molestarle, estaba demasiado concentrada, pendiente del más mínimo cambio del viento, del más leve sonido, del más ligero indicio de su presencia.

Un nuevo resplandor iluminó el edificio final y, como por arte de magia, una figura apareció en lo alto. Era alto, muy esbelto, vestía una túnica negra, unas pesadas botas de motorista y portaba una enorme katana.

– Veo que has venido a la cita. – Su voz sonó por encima del trueno que acompañó al relámpago de su aparición. – Me encanta ver que, aun después de todo, no me tienes miedo.

– No podía faltar a la cita, es demasiado lo que hay en juego, – dijo ella, con una voz segura y casi tan alta como la de él, si bien era menuda y de estatura media.

– Adoro las mujeres que luchan por aquello en lo que creen, – añadió él, tras lo cual, y de un salto, se situó a escasos metros delante de ella.

– Y yo odio a los hombres que se mueven por ambición y destrozan lo que se les pone por delante sin importarles qué o a quién hacen sufrir. – Su tono sonó metálico, tal era la rabia que sentía al oír a ese hombre al que una vez, hace ya mucho, llamó hermano.

-Vamos, hermanita, no me dirás que sigues sufriendo por su muerte… Él no te merecía, nadie te merece. Te lo dije entonces y te lo repito ahora, únete a mí, juntos seríamos invencibles, – dijo con voz zalamera mientras se acercaba a ella.

– Y yo te lo dije entonces y te lo repito ahora, ni muerta conseguirás que me una a tu “causa”, que consiste en destruir todo aquello que te rodea. ¿Para qué querría unirme a ti si sólo dejas destrucción a tu paso? ¿Qué quedará después de tu batalla? Odio, miedo, resentimiento, destrucción…, no gracias, no lo quiero, – contestó mientras dirigía disimuladamente su mano derecha hacia su espalda.

– Siempre tan idealista…, supongo que es herencia paterna y las influencias que a lo largo de tu vida han hecho de ti un ser débil y sumiso al sistema, – su voz masculina se hizo más aguda. – Todos los de tu calaña me dáis asco, por eso madre te desperció.

“Comienza a ponerse nervioso”, pensó ella mientras cogía con firmeza su katana, escondida debajo de su largo abrigo de cuero, “veamos de qué es capaz”. No se encontraba segura de sí misma, sin embargo, desde que él murió a manos de su hermano, el entrenamiento había sido duro, había mejorado mucho en técnica y destreza y ya no era la muchacha enclenque y escuchimizada que fuera en su juventud. Nunca había creído en la lucha armada, siempre había sido una gran oradora y una gran defensora de la palabra pero la venganza no es algo que se pueda hacer con discursos y aquel incidente merecía ser vengado.

– En el fondo eres como yo, por eso estás aquí, sabes que la única manera de vengar su muerte es matándome a mí, no lo niegues, – dijo, volviendo a tono sarcástico.

– Tal vez, aunque con tus palabras huecas no conseguirás ponerme nerviosa, ni tan siquiera lograrás crisparme. Sin embargo, hay algo en lo que soy mejor, yo sé que lucho por una causa noble y justa y al final la verdad prevalecerá.

Él aplaudió y añadió con sorna:

– ¡Qué bonito! Fue esa misma nobleza y justicia la que te separaron de lo que tú más querías y aun así sigues defendiéndolas y luchando por ellas ¡¡¡Ilusa!!!

La noche se iluminó mientras él levantaba su katana y saltaba sobre ella. Sin embargo, no la pilló desprevenida, toda la conversación había estado observando los movimientos de su adversario y sabía que estaba dispuesto a atacar, confiado de que su contrincante era una persona menuda, poco experimentada en el uso de la espada y en el arte del combate cuerpo a cuerpo. Por eso, se sorprendió al ver cómo ella saltaba hacia su derecha y que una espada aparecía frente a él. Apenas tuvo tiempo de esquivarla y por unos milímetros no le rebana el cuello. Una gota de sangre salió tímidamente del pequeño rasguzo que el ataque le había producido.

– Veo que has estado practicando, aunque eso no te servirá, hace falta algo más que el factor sorpresa para matarme o tan siquiera matarme.

– ¿Tú crees? Yo no diría tanto, no sólo mi espada te ha atacado, – dijo ella mientras le señalaba su costado izquierdo. Del mismo sobresalía la empuñadura de un puñal. Era una empuñadura grabada, en ella se veía un escudo, un dragón sobre una hiena componían la escena principal del mismo, los ojos del dragón resaltados con dos esmeraldas sobre el rojo fuego del esmalte y la piel de la hiena dorada y marrón debido a la hábil mano del orfebre al combinar oro y cobre.

– ¿Lo recuerdas, verdad? Ese es el escudo de la familia, aquella que a la que tú negaste, aquella a la que mataste ya fuera de pena y dolor o por medio de tu espada. Son ellos quienes se tomarán su venganza, yo sólo soy el artífice de la misma.

– Jajajaja, – rió, – si crees que con un simple puñal en el costado vas a conseguir algo es que no me conoces hermanita, esto son tonterías. – Dicho lo cual sacó el mismo de su lateral.

– Supongo que el puñal no, pero el veneno que llevaba impregnado sí lo hará, ponte en paz con tu dios pues sólo te restan diez minutos de vida. – Añadió ella con voz cansada.

– ¡¡¡Bastardos!!! – Arremetió contra ella con todas sus fuerzas. Tal era la ira que le invadía que no vio llegar el filo de la katana hasta que fue demasiado tarde. El mismo penetró en su estómago. Fue un golpe seco, firme, seguro del cual sólo fue consciente tras ver la sangre que salía a borbotones de la herida y sentir una quemazón en los bordes de la herida. Cayó al suelo de rodillas, el veneno y la súbita pérdida de sangre comenzaban a debilitarle.

Levantó la cabeza hacia la persona que había jugado con él, vivido su infancia junto a él y de la que se había separado por razones que ahora le parecían mundanas a las puertas de la muerte.

– ¿Por qué? – preguntó mientras su voz se truncaba al pronunciar la úlitma sílaba. Su cara estaba blanca y sus ojos apareció el velo negro que presagiaba la sombra negra del abismo infernal.

– Venganza. – Fue lo último que oyó al morir.

P.D. Iba a haber escrito la continuación de la historia de Melisandre, pero esto me llevaba rondado la cabeza en los últimos días. A ver si la semana que viene me pongo con ella…, que la tengo abandonaíta ¬¬

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4 comentarios (+¿añadir los tuyos?)

  1. PatataPiloto
    Ago 30, 2007 @ 20:58:00

    Jurs… qué violenta es mi niña ;)Es broma. Me gusta el final, jeje. Ese “venganza” que viene tan a cuento. Madre mía. Qué inspirada te veo últimamente. No como yo, que parezco Blancanieves (por los “enanitos” XDDDD)

    Responder

  2. Isa-chan
    Ago 30, 2007 @ 21:37:00

    xDDD Ya sabes, cada loco con su tema. Yo creo que es como consecuencia de tanto estudio, tanto pensar no puede ser bueno. Fíjate cómo será la cosa que hasta me he planteado hacerme escritora, a ver si me vuelvo tan rica como la J.K. Rohling =PDe momento mi objetivo es terminar el relato de la pobre Mel, que la tengo ahí llorando con su mami, a ver qué línea sigo…Y oye, que los enanitos molan ;D

    Responder

  3. PatataPiloto
    Ago 30, 2007 @ 22:16:00

    Pues tómatelo a coña. Yo cuando veo que el éxito es muy caprichoso y que un bombazo puede salir de donde menos te lo esperas, pienso en pasar a limpio todas mis idas de olla, que no son pocas 😀 Deberías hacer lo mismo.

    Responder

  4. Isa-chan
    Ago 30, 2007 @ 22:24:00

    No te digo yo que no lo haga algún día, aunque a ver quién es el editor que se atreve a publicar tales idas y resbalones de pinza =P

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