Escuela de aprendices, capítulo 3

Las escaleras crujían con el peso de los dos Inquisidores mientras avanzaban hacia el piso superior, la madera estaba carcomida en algunos sitios pero la escalera aguantaba el peso de ambos. Cuando llegaron, tuvieron que afinar la visión, las ventanas, a pesar de estar abiertas, estaban por encima de las farolas y la luz no entraba nada más que de forma mortecina. No tenía ni mota de polvo, por allí se movía algo, posiblemente lo que ambos Inquisidores andaban buscando, seguramente escondido al haberles oído entrar.
El Hermano Víctor hizo un gesto con los dedos, indicando a su compañera que ella fuese por un lado y él por otro, dos puertas son malas de guardar y ellos iban a aplicar el refrán en toda su extensión. La propia respiración de Víctor se le hacía demasiado ruidosa en la quietud de aquel sitio infernal. Cuando fue avanzando hacia la puerta agudizó el oído, sin embargo no se oía nada.

“Demasiado silencio, nada bueno aguarda ahí dentro”, pensó para sus adentros el Inquisidor mientras avanzaba despacio por los pasillos hacia la que parecía la habitación principal. La Hermana Isabel observó al Hermano Víctor mientras éste se aproximaba a la puerta y, tomando aire, se encaminó hacia el otro lado, agarrando con más fuerza sus espadas. Sus nudillos estaban blancos pero su respiración era serena, igual que todo aquel lugar, más de lo que a ella le hubiera gustado.

No se oía un alma, sin embargo el hedor era terrible. El Hermano Víctor se llevó la mano a la boca, las nauseas amenazaban con hacerle vomitar allí mismo. Decidió que era hora de entrar, activó el screamer y entró dispuesto a enfrentarse con lo que hubiese…

Sin embargo, no hizo falta enfrentarse a nada salvo a las nauseas y el hedor, muerte en estado puro, sangre, trozos de cuerpos y vísceras decoraban la habitación, el vampiro que buscaban los dos Inquisidores se encontraba esparcido en trozos por toda la sala. Víctor no puedo aguantarlo y vomitó, cayó de rodillas mientras intentaba controlar el vómito pero aquel olor era demasiado para él. En el suelo, arrodillado, levantó los ojos buscando a su compañera.

En aquella habitación no hay nada, o al menos nada interesante a simple vista. Sólo desorden, una cama sin hacer, una silla sobre la que yacía un amasijo de ropa descolocada. Tan sólo una mesa pegada a la pared parecía interesante. La Hermana Isabel se aproximó y observó que había en ella una organización tal que contrastaba con el resto de la habitación. Con curiosidad estudió los papeles que había en ella. Algo llamó su atención, un trozo de pergamino con algo dibujado, eso parecía ser…, pero no, no podía ser lo que estaba viendo. Cogió el pergamino y fue corriendo a buscar a su compañero.

– ¿Has encontrado algo?- dijo Víctor al ver aparecer a su compañera mientras se levantaba y avanzaba a través de la sala con el tabardo puesto en la boca a modo de máscara, aún con el sabor de la bilis en la boca.

Ambos miraron el trozo de pergamino descubierto por Isabel. Mostraba los planos de una Iglesia, o de al menos un edificio religioso, sin embargo no mostraba ni ubicación ni nada por el estilo, tan sólo una marca en algún tipo de lenguaje incomprensible en una de las cámaras de la Iglesia, posiblemente la sacristía.

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